sábado, 5 de mayo de 2018

DIARIO DE UN MÚSICO - CAPÍTULO II



CAPÍTULO II: EL CAMINO SE HACE AL ANDAR, PERO… ESCOGE EL CAMINO CORRECTO

(Mi primera experiencia en un estudio musical)

Siempre quise grabar en un estudio. Dejar una evidencia material de mis composiciones. Pero el sólo hecho de imaginarlo me aterraba y sobre todo, me parecía demasiado complicado concretarlo. Por diversas razones.

Sin embargo, hace poco más de un año y casi de manera impensada, dicho anhelo se tornó en una obstinación para mí. Estaba decidido a lograrlo. Era lo único en que pensaba durante las dos horas de viaje de retorno a casa después del trabajo. Quería justificar el buen sueldo que me pagaban, haciendo con ese dinero algo que sustancialmente llenara mis expectativas. Pero ¿cómo hacerlo?, no conocía a nadie que se dedicara a la industria de la música, no de manera profesional, es decir. Menos aun en la ciudad en la que vivía en aquel tiempo, que al no ser la capital, las opciones se reducían de forma categórica, haciéndolas casi nulas. Pero con lo testarudo que soy, alguna alternativa iba a encontrar.

Fue así que luego de cavilarlo durante un rato, me puse en contacto con un gran amigo, Félix Zapata, músico también, y quien además junto con su banda ya habían publicado algún material en el pasado.  «Hasta que por fin te animaste, viejo» dijo Félix, entusiasmado. Y es que era cierto, llevaba quince años componiendo canciones, plasmando experiencias de vida entre notas musicales, tratando de trascender un poco más allá de la rutina, pero nunca reuní el valor suficiente como para grabarlas en un estudio profesional. Suena extraño pero, si antes cantar frente al público me resultaba en demasía complicado, imagínense someter mis composiciones al escrutinio de un productor musical, que no sólo tendría que estructurar mejor las canciones, sino que además interpretarlas, desmenuzarlas y hasta incluso modificar algunos aspectos sustanciales en ellas. En concreto, tendrían que “meterle mano” a mis canciones.  Toda esa “intromisión” para mí era equiparable como visitar al gastroenterólogo por primera vez para una “satisfactoria” endoscopia.    

Creo que no está de más decirlo, pero de aquí en adelante - salvo las alusiones ya acotadas -, utilizaré nombres ficticios para relatar este capítulo de la historia. Uno nunca sabe lo que puede pasar en el futuro.

Y bien, por tratarse de mi primera experiencia de grabación profesional, el buen Félix recomendó acudir al estudio musical “X”, cuya propiedad le correspondía al empresario, Carlos Moreno, quien trabajaba con el ingeniero de sonido y productor, Jorge Bocanegra. Éste último resaltaba por haber desarrollado todo el tema de sonido en algunos de los conciertos que tuvo Gianmarco en su última gira por Perú. Apunté la dirección y el número de teléfono y de inmediato me puse en contacto con el dueño. La cita se pactó para el sábado de aquella semana a las cuatro de la tarde. Aún recuerdo mi entusiasmo, apenas era jueves  cuando establecí comunicación con el estudio y las manos ya me sudaban por el nerviosismo. El sueño que había anhelado concretar durante prácticamente toda la vida, estaba a punto de materializarse. Y lo mejor de todo, es que sería a mi propio pulso, o al menos eso parecía en un primer momento.

Llegué puntual a la cita (diez minutos de anticipación) y esperé afuera del lugar abarrotado por la ansiedad. Al principio pensé haberme equivocado de dirección por cuanto la fachada parecía cualquier cosa menos un estudio de grabación: paredes despintadas, puerta de fierros oxidados y la calle sórdida llena de tierra y mugre. Pasaron algunos minutos sin novedad. El dueño no llegaba y empezaba a impacientarme. En algún instante resolví que mi crispación era producto de la excitación que me albergaba, empero al revisar el reloj, el tipo llevaba más de treinta minutos de retraso. Marqué su celular, nada. Dispuse esperar hasta que se cumpla una hora. Si no llegaba en ese tramo, pegaría la vuelta a casa. Y fue justo antes de cumplirse la hora y luego de casi diez llamadas perdidas, avizoro un Toyota Yaris parquearse intempestivo en el sardinel. Del vehículo bajó un sujeto alto y obeso que vestía camisa fosforescente y gafas ray ban estilo aviador. Era Carlos, el propietario del estudio. Enseguida, se apresuró en disculparse con clichés complacientes y excesivos. Mencionó que su imprudencia obedecía al hecho de que además se dedicaba al rubro de gastronomía y que esa misma tarde tuvo que atender una importante recepción en su restaurante. No entraré en más detalles al respecto.

Ingresamos a lo que aparentaba ser una sala de reuniones, donde conversamos prolijamente sobre el proyecto.  En cristiano, lo que deseaba era algo simple pero a su vez significativo. Sonido acústico, para lo cual propuse la utilización de dos guitarras, cada una de ellas para una labor específica,  líneas de bajo que serían proporcionadas por las mismas guitarras y percusión suave, quizá asistidos por algunos shakers, pero nada más que eso. Es decir, íbamos a omitir servirnos de instrumentos eléctricos o percusiones fuertes. Sabido es que la música no tiene límites, sin embargo para dar inicio, creí conveniente establecer un punto de partida básico sobre el cual trabajar. De ahí para adelante, prepararía mi cabeza para recibir las sugerencias del productor.

Algo curioso de esta última charla, sucedió cuando Carlos me interrumpió con brusquedad antes de que terminara de hablar, para dar rienda suelta a una verborrea pormenorizada y agotadora acerca de las bondades del estudio, la calidad técnica no sólo de las instalaciones sino también del personal a cargo. Recalcó en infinidad de veces, que saldría más que satisfecho con el trabajo que realizarían y que dejara en sus manos el futuro del proyecto. «Voy a hacer que seas el próximo Gianmarco», espetó literal con cierto tufillo de soberbia. Al escucharlo, opté por no tomar mayor importancia al autobombo, pues era el comportamiento natural de alquien que le urgía cerrar un negocio. Con el tiempo internalicé, que quizá prestar mayor atención al trasfondo de sus palabras hubiera resultado útil.

Y bueno, establecimos un acuerdo económico por canción grabada para luego dirigirnos hacía a la sala de grabación. Vaya acida escena que me salpicó la cara. Todas las expectativas que generaron las palabras de Carlos, se vieron destruidas como un cristal aplastado por un bloqueo de concreto. De pronto, me hallé inmerso en un cementerio de instrumentos musicales (de marcas muy corrientes y de baja calidad), muchos de ellos no sólo en un paupérrimo estado, sino que además adormitaban apilados en las esquinas de la sala, cubiertos por un manto de polvo denso y taciturno.  En medio de todo, tres señoritas vestidas de una forma muy exótica, interpretaban una cumbia acompañada por una estridente pista de sintetizador y batería electrónica. ¿Qué pedazo de lio acababa de comprar?. En definitiva la decepción fue grande porque cuanto la expectación también fue grande. Cometí el error de idealizar que el montaje del estudio sería propio de un Abbey Road, lamentablemente, resultó ser su completo antagónico. Cuál habrá sido la expresión que dibujé, que Carlos silbó como una reacción natural: «Estamos intentado hacer algunas mejoras, sólo que nos ha tomado algo de tiempo, mejor vayamos a charlar con Jorge en la cabina».

Jorge era la versión pequeña y compacta de Carlos. Un tipo de estatura baja que llevaba una barba sin afeitar Dios sabe desde hace cuánto y que vestía a su vez una camisa color fosforescente. Parecían tan idénticos en cierto sentido, que hasta utilizaban los mismos dialectos retóricos al hablar. Vas a sonar así o asá, quedarás muy fascinado, haremos  de ti el próximo Alejandro Sanz, etc. Pese a ello, lo que si congeló mi mente fue cuando de un momento a otro Jorge se detuvo, y disparó la siguiente interrogante: «Y tú, ¿como quién quieres sonar?». Fue como si de repente,  en lo que resultaba ser hasta ese término, una tarde muy decepcionante, con esa pregunta tan simple pero asimismo tan profunda, remeció mi interior de una manera implacable. Viajé hacia las evocaciones de mi temprana juventud, cuando intentaba tocar en la guitarra, alguna canción de uno de los tantos artistas que me fascinaban. Cuán grande era la frustración que sentía porque pensaba que mi interpretación no era idéntica o lo suficientemente buena para ser escuchada. ¿Estaba en lo cierto?, ¿debía cantar tal cual como lo hacía el artista?, ¿el no hacerlo era algo malo o por el contrario, imitar era lo correcto?, ¿o es que debía intentar a mi propia manera?. ¿Cómo quería sonar?… ¿no era acaso como a mí mismo?. Al levantar la mirada, no hubo forma de que pudiera explicarle a Jorge, una persona que acaba de conocer, todo lo que se deslizaba en mis pensamientos, por lo que opté por soltar el nombre de algunos artistas favoritos. Hasta el día de hoy, al recordar este impase, aún siento cierta vergüenza.

Acto seguido, Carlos indicó que era momento de empezar. Jorge invitó a las chicas cumbiamberas a abandonar la sala para dar inicio a la sesión. Mientras terminaba de preparar todo, en un acto de impulsividad decidí sacarme una foto. Debo mencionar que no soy mucho de esas cosas por una cuestión de pudor pero por alguna razón opté por hacerlo. Aún conservo la foto. Es curiosa la expresión natural de emoción y temor que dibuja mi rostro. Cuando estuve de pie frente al micro la verdad es que me temblaba todo, hasta el alma. Es aquella sensación de vértigo que te da el estar cara a cara a tus anhelos más profusos. Saber que estas a punto de alcanzar la meta más deseada y que sólo depende de ti. Siempre depende de ti. Y aunque mis miedos parecían apagar mi voz, ese día cantaría desde lo más profundo. Y así fue. Cerré los ojos y dejé que los acordes de la guitarra me transportaran a ese lugar seguro. De pronto estaba en el sosiego de mi habitación a los quince años, cuando cantaba sólo para mí y nada más importaba tanto. Decidí empezar con una canción que había escrito algunos años atrás denominada “Sueño”, cuya historia hace referencia a una persona que su más grande deseo, es que su voz pueda llegar lo más lejos posible, pero sobre todo hacia aquella persona especial que justifica sus días. Interpreté cada frase de forma tan sentida que al terminar, abrí los ojos y simplemente lo supe. Algo en mi había cambiado para siempre.

Es lamentable que lo que vino después fue aun más decepcionante que todo lo acontecido en la víspera. No hará falta hacer mención a detalle de las frases superficiales y empalagosas que Carlos lanzó cuando terminé de cantar o al hecho de que Jorge interrumpió la sesión aduciendo que debían partir de inmediato a un evento en el que los habían  contratado para poner el sonido y en el que además iban a participar las cumbiamberas ya referidas. No, eso no fue suficiente. Después de aquél día de grabación, no volví a saber de ninguno de los dos hasta después de casi cuatro semanas. No contestaban llamadas, mensajes ni correos. Llegué incluso ir al estudio en un par de oportunidades, ambas infructuosas. Lo curioso del asunto es que pagué el trabajo por adelantado, así que ya supondrán lo timado que me sentía. Empero, más allá del dinero, no lograba conjeturar con exactitud el porqué de su falta de seriedad. ¿No era acaso más fácil levantar el teléfono por una buena vez y manifestar honestos su falta de disponibilidad?.

Todas mis dudas fueron absueltas de golpe cuando después de tanta insistencia, nos encontramos en el estudio un sábado por la tarde para que me hicieran entrega del demo. Estaba tan furioso que di por sentado que apenas los vería, iba a descargar sobre ellos toda la frustración que cargaba de la manera más soez. Sin duda les gritaría su vida entera. No obstante, nada de eso fue posible, tan pronto como aparcaron la minivan que los transportaba, bajaron además de ellos, cinco niños pequeños (los hijos de Jorge) y las tres cumbiamberas (las esposas de Carlos y Jorge y la primera hija de aquél), todos de camino a un concierto de cumbia.  Al contemplar la escena me sentí como un completo estúpido. En un intervalo de lucidez pude discernir todo con claridad. Creo hasta hoy que no había lugar para reproches. Es simple, no observé las evidencias tan notorias de que el camino tomado nunca fue el correcto. Aunque pueda que haya sido peor, si noté las evidencias, sólo que escogí a propia voluntad, omitirlas. Porqué habría de responsabilizar a otros de mis malas decisiones o derrotas. No se puede andar por la vida señalando a los demás por el estancamiento en el que estamos, pues la verdad, somos la consecuencia de nuestras decisiones. Está en nosotros elegir el camino y que éste implique además las personas, los lugares y los tiempos idóneos. Nada garantiza que las cosas saldrán como uno quiere, pues honestamente, eso casi nunca sucede.

La clave está en intentar, ad infinitum, hacerse cargo de uno mismo y procurar trascender haciendo lo que más amas.



Christian Fhon Trigoso

martes, 9 de enero de 2018

DIARIO DE UN MÚSICO - CAPÍTULO I




CAPITULO I: DESPIERTA DEL SUEÑO Y HAZLO REALIDAD

Era una noche de verano en mi ciudad. Me habían invitado de último minuto a tocar en el Patio Rojo, un bar local que apoyaba la música independiente y en el que solían asistir intelectuales, bohemios y chicos universitarios. La invitación cayó de sorpresa y en un contexto desafortunado, dado que por aquel tiempo, conseguí una plaza de trabajo en otra ciudad, me encontraba en plena mudanza tratando de organizar mi vida a las nuevas circunstancias laborales y a sus implicancias inmediatas (alquiler, traslados, compras básicas de supervivencia, etc) y no recordaba la última vez que me senté con la guitarra para hacer lo que más amo. No está de más decirlo, pero para colmo de males, el día del concierto coincidió justamente con el cumpleaños de mi madre, de manera que ella estuvo en primera fila junto a mi padre y muchos de mis amigos más íntimos. No me malinterpreten, de hecho era genial de que todos ellos estén ahí y que sea la primera vez que mis padres asistieran a alguna de mis presentaciones y es que todo estaba listo, todo menos yo. Incluso la dueña del bar, Maju, se encargó de contratar el personal técnico idóneo para contar con un sistema de sonido y luces decentes, no tenía que preocuparme en absoluto por cuestiones extrínsecas, lo único que tenía que hacer era pararme frente al público y “hacer lo mío”.
“Hacer lo mío”….. ¿qué significaba con exactitud esa frase en ese momento?, ¿era acaso estar frente a toda esa gente en el concierto y demostrarles lo poco preparado que me encontraba para hacer lo que según yo, más amaba?, ¿o es que para entrar en un punto de quiebre, tenía que necesariamente dejar por sentado frente a todo el mundo que lo más importante para mí en la vida no merecía ni un mínimo de mi tiempo?. No estaba listo es verdad y esa noche quedó muy claro.  No estaba listo para mí mismo.
Aún recuerdo con amargura el estar parado frente aquel público con las manos tan temblorosas y sudorosas que apenas pude pulsar con regularidad uno o dos acordes en la guitarra, sentir  la voz entrecortada por el nerviosismo, el golpe de los pasos de quienes se retiraban desconcertados durante la presentación y los murmullos reprobatorios del resto  que se mantuvieron sentados sólo porque el artista de su preferencia aún no subía al escenario, pues no era yo, a quién vinieron a ver. Debo admitir, que a pesar de que nunca fue determinante la opinión de los demás en nada de lo que hiciera, en esta oportunidad, sí que lo fue. Y no era la opinión en si misma lo que importaba, sino que el grado y significación de este infortunio, de la pésima presentación que realicé por la falta de práctica y preparación, remeció de tal manera mis pensamientos que me constriñó imperativamente  hacia un cambio de rumbo.
Durante esa nefasta noche, evoco haber estado en la tarima con guitarra en mano y fue como si de pronto pudiera visualizarme entre la gente ahí sentada, gritando con odio hacia mí mismo, la pregunta que una y otra vez resonó: ¡¿qué estás haciendo con tu vida?!.
Después de eso, nada volvió a ser igual.
La música llegó muy temprano y de la manera más sutil. Un día de mi niñez y sin previo aviso, mamá trajo una guitarra a la casa lo cual resultó todo un acontecimiento. No existían antecedentes musicales en la familia, por lo que no tuve ni la mínima idea de lo que ese instrumento era o lo que significaría después. En un primer momento, sólo me limité a observarlo. Mamá al verme, tomó en brazos la guitarra y se acercó. Se puso en cuclillas y mientras me miraba con sus ojos color esmeralda, deslizó la frase más tierna pero a la vez más persuasiva que jamás haya escuchado: «quiero que mi hijo toque la guitarra». La puso en mis manos y el resto es historia. A partir del aquel instante la música corrió por mis venas y me abracé a ella como el refugio más cálido. Y es que es así, cuando algo te atrapa en un estadio temprano, forma parte tuya para siempre. Pero vayamos mucho más allá de esta noble iniciativa materna, del hecho de anhelar que tu hijo o hija tenga un pasatiempo sano o un hobbie productivo, pues lo que connotó en mi caso fue algo profundo en demasía. Téngase en cuenta  además, que al notar esta afición por la música, mamá la incentivó aun con mayor intensidad, contratando profesores particulares, matriculándome en clases de canto e inscribiéndome en cuanto coro de niños pudo, por  lo que queda claro que todo esto iba cavando abismalmente en el inconsciente del niño que era y que por inocencia natural no tuve la capacidad de discernir la real dimensión que connotaría en el futuro. Aunado a ello, yo era un niño super tímido e introvertido y pese a que tuve un hermano mayor, siempre relacionarme con otras personas fue demasiado complicado, prefería estar a solas frente alguna ventana con mi amigo favorito, la guitarra, encontrando melodías, juntando acordes o componiendo canciones. Canciones que reflejarían mis primarias experiencias en el amor, ergo, mis metidas de pata, corazones rotos y decepciones juveniles, pero sobre todo la concepción inicial y personal de lo que significa vivir.
La escuela primaria y secundaria fueron épocas duras. Dado mis aptitudes nulas para la socialización, fui víctima constante de maltratos o lo que ahora llamamos “bulling”. No creo que exista sobrenombre, apelativo o escarnio que no se me haya impuesto durante este período. Desde mounstro hasta maricón. Y mejor no mencionemos las golpizas que recibí por el solo hecho de ser un niño retraído. Como consecuencia, no era raro verme en el recreo solo  junto a mi amigo de madera, mientras el resto de niños jugaban al fútbol. Pero bueno, lejos de victimizarme – porque no es eso a lo que quiero llegar-,  lo que trato de decir es que durante esta etapa, la música siempre estuvo ahí de alguna forma, pero sin que pudiera aún descifrar cuán determinante sería en mi destino.
Un punto crucial se produjo cuando tuve que elegir qué profesión estudiar. Para papá y mamá esta  decisión era motivo de una algarabía sin límites. Los diálogos que mantuvieron sobre el particular, denotaban esa actitud inherente de los padres de inflar el pecho por las decisiones o metas trazadas por sus hijos. No era raro escucharlos en casa decir con orgullo – a pesar de que no había articulado palabra al respecto -,  «mi hijo va a ser ingeniero» o «mi hijo va a hacer doctor». Mis padres siempre me pusieron la valla bien alta. Papá por ejemplo, él no se formó ni con la tercera parte de las condiciones económicas con las que mi hermano y yo fuimos formados, no obstante, la abuela que administraba un pequeño y humilde negocio de comida, se dio abasto para solventar su educación y a través de programas de becas u optar por escuelas públicas, construyó la base de lo que sería el punto de partida para sus logros venideros. Es así que papá pudo estudiar ingeniería industrial en la PUCP e ingeniería económica en la UNI y no sólo le bastó con eso, sino que además se graduó posteriormente de magister y doctor en administración de empresas. Creo que no hará falta hacer mención a su experiencia laboral, porque en definitiva, eso demandaría un capítulo aparte. Dicho esto, el sólo balbuceo de la palabra “música” vinculado a mi futuro profesional, hubiera significado algo mayor que una ofensa para papá y mamá, por el típico cliché de la época, el cual dictaba que dedicarse al arte era sinónimo de ser un vago, hedonista o bueno para nada. Hago aquí un pequeño paréntesis mi querido lector (a), para dejar bien en claro un error que tú jamás deberás cometer y que  sin embargo con mucho dolor admito yo si cometí: poner los deseos de los demás por encima de tus más grandes anhelos. Pues, ¿finalmente que hice?, optar por el camino que era del agrado de mis padres: decidí estudiar abogacía.
Mi paso por la universidad constituyó el camino al autoconocimiento, la maduración y la conciencia de que no todo estaba perdido. A decir verdad, la carrera de Derecho resultó sumamente interesante y consagré un cierto grado de empatía y afinidad con ella. Y es que las leyes nunca fueron el problema, el desatino provino en la falta de convicción, en el terror a la supervivencia  en base a mis aptitudes artísticas y como mencioné en el párrafo precedente, en el hecho de anteponer lo que otros quieren, por delante de mis sueños. Contra todo pronóstico, la universidad fue un tiempo maravilloso, en el cual no sólo aprendí mucho en cuestiones académicas, jurídicas o de la vida, sino que además estreché lazos de hermandad con personas que marcaron en mí un efecto imperecedero.
Me gradué con honores, hice una maestría en Derecho Empresarial y con el tiempo, obtuve un empleo que me ha proporcionado no grandes réditos económicos pero si estabilidad. Paradójicamente en cada peldaño profesional que iba escalando, el sueño de la música se asomaba en el horizonte como una promesa ante la que se estaba prohibido claudicar. Su notoriedad era más evidente en el ejercicio profesional, pues con constancia solía escuchar a colegas hablar con una pasión y pleitesía admirable acerca de la significación y transcendencia de lo que es ser abogado. Los observaba con estupefacción, anhelando sentir siquiera una mínima parte de su efervescencia.  Fue imposible, el Derecho era un gusto para mí, mas no una pasión.  En muchas ocasiones procure en vano otorgarle cierta prioridad a la música pero las obligaciones del día a día absorbieron implacables hasta la última gota de libertad que poseía. Incluso llegué a tener uno que otro eventual concierto, pero todos fueron seudos intentos o malas imitaciones de un ideal desmaterializado. Lo cierto era que ya no podía más, al apoyar la cabeza contra la almohada un manto de frustración me cubría el alma. No era feliz. No era una persona plena.
Y así hasta el día del concierto con el que inicié este relato. El punto de quiebre. El momento en que el tiempo se detuvo. Todo se detuvo. Y yo, decidí empezar otra vez. Tengo 31 años y he dedicado 14 de ellos a una profesión que no amo. Es por eso que he tomado la decisión de darle a la música la prioridad que merece y dedicarme a ella con una pasión incontrolable. Muchos amigos me preguntan en porqué hago esto y la respuesta es simple: porque me hace feliz, porque no deseo seguir viviendo aterrorizado, porque no quiero morir sabiendo que no lo intenté. No pretendo saltar al vacío, vivir de la música o caer en indigencia. Sólo voy a emparejar la cuenta, empatar el partido, resolver el pendiente que tenía pendiente. Porque como decía el buen Pablo Neruda: «cualquier momento es bueno para comenzar y ninguno es tan terrible para claudicar».


Por último me despido diciéndote que si todo esto te pasa a ti, lo único que tienes que hacer es intentar. No tienes que ser el mejor o el peor, sólo tienes que ser tú mismo y con eso será más que suficiente.