viernes, 28 de octubre de 2011

FE DE ERRATAS: MI VIEJO ES UN TIPO ESPECTACULAR…



Sé que con anterioridad publiqué en esta columna, que entre mi padre y yo, existía un distanciamiento e incomunicación tal, cuya magnitud era equiparable al tramo que existe entre cualquier punto fijo de este país hasta la galaxia más remota del universo. Y no, no exageraba. Entre nosotros nunca acontecieron aquellas charlas nocturnas en la sala de casa, con algún etílico condicionante, sobre temas un tanto crispados, y que llamaban tontamente al pudor ahora ya perdido. Palabras como “sexo”, “drogas“ y “alcohol”, jamás escuché decir de tus labios. Siquiera sugerir la apertura de algún coloquio sobre los temas indicados era impensable. Tus ojos trémulos, tu temple ajeno, tu postura seria e imperturbable, eran evidencia suficiente de que la comunicación no era una de tus virtudes. Me frustré. E inconscientemente te juzgué también.


Por mucho tiempo viví cuestionándote en silencio, tratando de justificarte por el hecho de que tu padre se separó de ti cuando eras muy pequeño. El contexto familiar que te rodeaba era, digámoslo en una palabra: desastroso. En condiciones muy austeras creciste siendo un autodidacta. Nadie te cuido y solo te hiciste camino en la vida. La relación con tu padre – a quién no conocí –, siempre fue una cita postergada, una eventual presencia sabatina de cine o un lonche de domingo por la tarde. Nada más. En esa minucia se reduce tu experiencia en familia. Ello no fue óbice porsupuesto, para que tú mismo quieras formar tu propia familia. Esa piedra angular que forma a pulso la idiosincrasia de los integrantes de nuestra sociedad, que es un espejo a nuestros valores, el retrato de nuestros defectos. Tu madre, por extraño que suene, sólo iba a la escuela por ti dos veces al año: para matricularte, y para recoger tu libreta de notas al final del año. Nunca se preocupó por ti. No necesitaba hacerlo. Fue por eso justamente, que apenas tuvo oportunidad, te envió a Lima para realizaras tu formación universitaria. Y vaya que no la defraudaste: ingresaste con éxito a la Pontificia Universidad Católica del Perú, pero claro, eso tampoco fue suficiente. A los dos años postulaste a la Universidad Nacional de Ingeniería ingresando en tercer lugar entre cientos de estudiantes: habías encontrado tu verdadera vocación. De ahí para adelante, sólo fueron éxitos en tu vida. Tal vez en la apertura fue un tanto complicado, pero pienso que resultó hasta mejor de lo que tú mismo lo habías planeado. Matrimonio, hijos, trabajo en el banco, casa nueva, autos, los amigos, y en fin, una maraña de circunstancias fuera de todo contexto para ti. La vida que soñaste al alcance de tus manos. Es lamentable decirlo, pero algunas personas, por su propia naturaleza, poseen el inescrutable defecto de dejar de querer casi de forma inmediata, lo que siempre habían anhelado con tanta vehemencia, cuando lo obtienen. Te turbaste. Te sentiste acorralado. Los fantasmas de un pasado febril azotaban tus sueños ahora hechos realidad, y antes de perderlo todo, te aferraste a Dios. Ese Dios abstracto e incondicional. Al que muchas noches escribías plegarias de desesperación cuando yo apenas daba mis primeros pasos. Aun conservo tus manuscritos y aprendo a orar con ellos.


Sin embargo, tu temor hacia Dios acentuó tu temperamento hermético. Con el tiempo, la religión se tornó en una imposición más que en una opción para nosotros. Dios ya no era un escape sino una cárcel. Perdimos identidad. Durante mi primaria adolescencia nos distanciamos demasiado. Era como si habláramos idiomas distintos. Queríamos cosas distintas. Tú querías que la religión me criara, y yo quería a mi padre para eso. Es así, que dichas creencias evangélicas, en un inicio, no sólo sirvieron para marcar ostensibles diferencias entre nosotros, sino también con muchas personas de mi entorno. Cuando ingresé a la universidad nuestra relación ya era parte de un abismo. Con una vida social mucho más activa, propenso nocivas influencias y cambios bruscos en mi personalidad, te limitaste a verme andar a lo lejos. Sólo acudías en mi auxilio, cuando me veías tropezar al borde del camino. Nuestro vínculo llegaba a su hoyo más profundo y juntos, nos hundiríamos en un barranco de desolación.


Pero gracias a Dios el tiempo no pasa en vano. Los años no son ingratos. La vida me ha otorgado una nueva oportunidad de conocer más de ti. Ahora al verte, ya con tus ojos cansados y tus sabias canas, me doy cuenta de cuánto tiempo he perdido. Tu sonrisa a la mitad, tu caminar pausado, me hace seguirte como cuando era un niño. A tu lado, he aprendido que la diferencia de ideas y la crítica, no son motivo para el desdén, sino para fortalecer nuestras convicciones, para calibrar el conocimiento. Porque como dices, ninguna religión debe ser un dogma en la vida. Ningún pedestal soporta tanta infundia junta, tanta patraña innecesaria. Para caminar con Dios, es necesario ser libres.


Hoy, cuando te observo, pienso en mi desidia. En cuánto daría por volver a atrás. Ser denuevo ese niño que corría a tus brazos y apenas llegaba a tu cintura. Coger tu saco marrón y perderme en tus botines verdes. Hasta ahora, sólo puedo leer tus miradas. Es todo lo que tengo para descifrarte. Por mis improperios debiste haber llegado a pensar, que el ser padre, debe ser la labor más ingrata de todas. La peor pagada. Porque es algo que no se nace sabiendo, sino que se aprende al andar. Vuelvo a mirarte entonces. Debe haber alguna forma de recompensártelo. Poder retribuir toda esta pasión de una vida entera: es imposible. No existe traje tan caro, no hay joya equiparable. Tontamente pensamos en fechas: “el cumpleaños”, “el día del padre”, “navidad”, sin darnos cuenta de que esto es una cuestión de todos los días. Y sabes, cuando se trata de ti, es realmente complicado. Vienes de un hogar tan humilde que es imposible regalarte algo sabes?. Te pueden regalar una camisa Versace, Lacoste o Tommy Hilfiger, pero ¡simplemente no las usas!. Tú prefieres comprar ropa usada, andar descalzo o sin camisa en la casa. Y es que hay cosas que simplemente son así. No se explican. No tendría sentido hacerlo.


Pero esto si lo explicaré. Y lo haré por el simple hecho de aclararlo. Nunca dudé de ti. A decir verdad, siempre he pensado que eres un tipo espectacular, pero ahora, lo digo con conocimiento de causa. Porque al ver mi reflejo en tus ojos pienso: “Tengo tanta fortuna de ser parte de ti”.

CHRISTIAN DAVID FHON TRIGOSO

viernes, 9 de septiembre de 2011

ESCRIBO (Emulación a Beto Ortiz)

Tenía que escribir esto. ¿Por qué?. No lo sé, simplemente sentí que debía hacerlo. Vaya en fin, emulación o no. Aquí va.
Escribir…. Para algunos suena aburrido en sobremanera, para otros es demasiado tedioso y para el resto, es un hobby para los resentidos sociales. Es una muestra de debilidad me dijeron alguna vez, “ ¿cómo puedes ser tan franco?, tan incisivo, tan directo, tan hiriente, ¿plasmar todo lo que sientes en una página web y que todo el mundo se entere?, yo no podría.. de verdad no podría.”
Si tan sólo supieran que la escritura es la única barca de salvación que me queda, la última moneda en mi bolsillo, el cigarrillo que sobró en mi cajetilla. De mis pasiones, debo confesar, es la menos vana. Porque me permite ser lo suficientemente sincero que quisiera, casi sensato, pero claro, para que eso suceda tendrían que extirparme el cerebro, resetear mi disco duro, exorcizarme diez veces, y plantar en mí un alma cándida, con beneplácito arrollador y espíritu condescendiente. Pero no se emocionen: eso jamás sucederá.



Escribo porque la realidad me repugna, me causa urticaria mental, me desnuda el poco pudor que poseo, y es así que prefiero, viajar en el éxtasis de las ideas, en el sublime resonar del teclado; trazando sueños, creando historias que sólo encuentran sentido en la vasta imaginación del escritor y que el sólo hecho de ser plasmadas las convierte en eternas. Porque me cuesta demasiado aceptar que algunas cosas nunca cambiarán, y que otras, por desgracia, jamás volverán a ser las mismas. Es por eso que prefiero idealizar, cambiar los hechos, los nombres, las palabras, y reducirlas a un texto. Un texto sinuoso, camuflado, que esconde la piedra que guarda una mano sigilosa, que se asemeja al piso falso del teatro de mis mentiras, y al final, esa redacción parcial de una realidad “mejorada”, me ayuda a convivir conmigo mismo. Porque nadie es una sola persona. Nadie es una película repetida o una canción de moda que con la constancia se desecha. Todos somos un abanico de versiones de nosotros mismos. El ser humano, a diferencia de otras especies, tiene en su haber la inmejorable virtud de poder refundarse todos los días. Es así, que cuando escribo, y sólo cuando escribo, me encarno de una polaridad implacable y puedo ser en un minuto, el sujeto más sensible y atento con las necesidades y sufrimientos ajenos. Un adicto a la filantropía, un altruista voluntarioso de mano suelta que no escatima en desprenderse de lo que le pertenece si es que se trata de priorizar el bienestar de otra persona. Dar el brazo al caído, la medicina al enfermo, el agua al sediento. Porque me siento como Einstein cuando descubrió la Teoría de la relatividad, o como Astor Piazzolla y su Libertango, cuya terquedad logró demostrar a tanto ignorante y advenedizo argentino, que el arte no se crítica, se aprecia. Porque la libertad de estas líneas me permite viajar, subir a la montaña más alta y sentir el viento en mi cara, la luna en mis ojos, la vida en mi pecho, y cada sonido es un latido, cada palabra es la apertura para estrechar un lazo de hermandad.

Paradójicamente, y tan sólo unos segundos después, mis manos se convierten en dos guantes de box, en el saco, mi pluma se transforma en el cuchillo más filudo, y la computadora personal, en el detonador de la bomba atómica que devastó Hiroshima y Nagasaki. Pues la otra cara de la moneda parece ser más atractiva, más brillante, y subliminalmente empiezo a disparar. Porque no me asienta la pose de buena gente, porque me joden las ínfulas de grandeza, porque detesto a quienes se valen del éxito de los demás para figurar en pantalla, repetir verdades ajenas y aparecer en la foto. No escribo porque no pueda decirte tus verdades en tu cara pelada, sino porque, además de ello quiero que quede sentado ante todos la estupidez de tu desidia. Escribo porque me jode, y realmente me jode que la política sea la ollita con moneditas de oro de tanto duende metido en la burocracia, pues en el Perú, ejercer un cargo público es sinónimo a patearle el culo a la población, mientras disfrutas de una línea de crédito ad infinitum conformada por las billeteras de todos. Pues claro, y no miento, que si el ilustre Haya de La Torre, vislumbrara la hoy maraña de incompetencias, escándalos y casos de corrupción del anterior régimen aprista, el mismo se metería un tiro en la sien. Gracias Rómulo León, Mercedes Cabanillas, Fernando Barrios, Jorge Del Castillo, Aurelio Pastor (saludos de Crousillat), Octavio Salazar, y tantas otras perlas fatuas, pero claro no olvidemos, a nuestro favorito, Alan García, que dentro de sus virtudes como político – que son pocas – es portador de un estoicismo supremo para evadir las preguntas comprometedoras, los diálogos frontales, y la rendición de cuentas. Pues sí, basta ver o escuchar alguna entrevista que se le haga, en uso de su buen verbo o su demagogia sórdida y lodosa, cual Pulga Messi, empieza a gambetear pregunta tras pregunta, pero claro, obvio, no cualquier pregunta, sino sólo aquellas que duelen, que te agarran por atrás, que te meten el dedo al ojo, que te abren la herida, que te revientan el chupo, si….. sobre todo esas, son las que evita responder.

Escribo porque estoy harto de que el crecimiento económico de mi país sólo sea una cifra muerta en una dispositiva de power point, sin consecuencia ostensible en una realidad concreta. Porque los entendidos en la materia no se cansan de aplaudir el auge de estos años, sin embargo, la inseguridad en las calles, la ignorancia de la población, y la podredumbre en el ejercicio de los cargos públicos, son nuestro pan de cada día. Y esa es una indignidad que no sólo lastima, sino que también jode nuestra existencia. Porque tenemos que entender que únicamente habrá distribución en la medida que el crecimiento se acentúe, y llegue, porsupuesto, a las zonas que más lo necesitan.

Escribo para no llorar, o para hacerlo, sin que nadie me escuche. Porque la autocompasión cuando es excesiva, es ridícula. Escribo para olvidarte, y aunque sepa que nunca podré hacerlo, escribo entonces, para recordarte. Para sentir siquiera que existes en estas líneas, porque tu ausencia es para mí, como si hubieras muerto. Escribo, aun con desgana, simplemente para pensarte, para dedicarte estas líneas frívolas y sin sentido, como las noches que paso sin ti. Sin tu caminar pausado, sin tu sonrisa a la mitad y tus ojos tristes. Por la extraña virtud que tenías al hacerme reír, para lograr valorar lo que otros daban por sentado era una nimiedad.
Y si estás líneas servirán de algo, que sirvan sólo para que tú las leas….

Christian David Fhon Trigoso

miércoles, 9 de marzo de 2011

URBANISMO



La vida no se agota,
en un suspiro, en un simple trámite,
por el contrario,
es un sendero interminable,
una ruleta pringosa,
de edificios, vehículos y sueños.

Y mientras pienso, me detengo,
tratando de reconocerme,
en este mar infinito,
de rostros ajenos pero sin dueño.
Es el espejo de la nada,
la sombra de un fantasma,
la fría desolación de una mano vacía.
Y me siento, me siento en mi soledad,
en esta soledad tan mía y agotada,
esta soledad de paraderos de autobús,
de semáforos multicolor,
y de minutos, muchos minutos también.

Aquí me bajo,
después de un largo rato,
a buscarte entre la multitud,
sabiendo que no he de hallarte.
Porque ya no estás,
ya no estás aquí ni en ningún otro sitio,
pero sin embargo,
te sigo buscando.

Christian David Fhon Trigoso

jueves, 20 de enero de 2011

RESPIRAR



Tu voz es el eco de la noche,
Es el aire que sopla tus ausencias,
no me deja soñar,
no me deja vivir.
Pues quizá sea esta soledad,
el alargue de una condena postergada,
que por razones del destino escape de padecer.
Pero hoy, la vida me pasó factura,
llegué al borde del camino,
y el tiempo se me acabó.
Tus dudas no caben en mi pecho,
la sed de certeza me inunda de a pocos,
contrariedad de vida,
me parto en dos;
Necesito respirar sosiego,
Descansar en los bastos campos de tu alma,
y no sólo vivir de recuerdos,
de invocaciones imaginarias,
que apagan las luces de este amor,
que por primera vez parezco sentir.
Ato a mis sueños oscuros tus miradas perdidas,
que no logro descifrar bajo ninguna ciencia,
debes saber que vivo de sonrisas,
y que una gota de compasión,
sanará todas mis heridas.
Por eso no tardes,
no alargues tus pasos confusos,
y llega hoy,
aunque sea tarde,
aunque sea de noche,
….pero llega.


Christian David Fhon Trigoso

jueves, 5 de agosto de 2010

TU AUSENCIA....



Tu ausencia, es el camino de nostalgia donde deambulo cada noche, es el latido de las paredes en mi pecho, es el silencio que me golpea fuerte, tan fuerte que se empoza implacable en los minutos que me faltan por vivir. Paso a paso recorro cada borde, cada ventana, cada espejo, y es que tu risa se pasea en el ambiente sarcástica y se ríe de mí, de mi debilidad hacia tus curvas tan sinuosas y confusas, y es que el pasado pesa demasiado que ya no pueden mis hombros, y el alma se rinde ante un deseo que no encuentra explicación. El tiempo no entiende de corazones, de estrellas y promesas, sólo baila truculento, se desliza suave, sensual y venenoso, y cómo me acuerdo, evoco aquellos minutos en los que viví a plenitud de mis sueños, entre la locura de las puertas y polvo de las cortinas y es que tú no comprendes de tu ausencia, tú no comprendes de mis tribulaciones.

Tu ausencia es tu perfume, es tu chompa verde, son tus botas, mi botella de vino. Tu ausencia es la bruma que siento al no encontrarte cada vez que voy a tu habitación, porque por alguna ingenua razón sigo pensando en que tal vez te encuentre algún día, pero hasta ahora no es así. Aún hay veces, cuando me siento sobre el parqué en medio de aquél vacío, entre el aire tan denso de la soledad, abrazado a mis rodillas te escucho susurrarme algo. Parezco no entenderlo, al voltear no veo a nadie, pero justo cuando estoy apunto de olvidarlo vuelvo a escucharte otra vez y más claro que nunca: «Te extraño» me dices mientras un pedazo filudo de desamparo se me ataja en el pecho gélido, y ya no se hasta cuándo seguiré tentando imaginarios.

No quiero más llamadas, más cafés, más corbatas, no quiero seguir más en el curso “normal” de la vida: “perdónenme, pero aquí me bajo”. Prefiero desnudar mi alma ante ti, y ser completamente vulnerable a tu sensualidad, rendirme en tus brazos cansado, y disfrutar extasiado de aquella paz que sólo tú sabes darme.

Te conocí hace más de diecisiete años, sin imaginar siquiera que hoy serías todas mis razones, que le darías forma a la comisura de mis labios, que todas mis sonrisas se reflejarían en el manantial de tus ojos, y sabes ilusión, no tienes porqué llorar, no hay razón para dejar escapar la nostalgia en tus pupilas, pues siempre habrá de mi, algo que puedas recordar. Evoca los silencios que nunca tuvimos, las pláticas eternas en una ciudad que era sólo para los dos, mis traspiés al bailar, el nerviosismo ante las miradas más profundas, las melodías entre las 2.45 pm y las 3.00 p.m, la tonalidad de la poesía de Benedetti,  el viaje postergado a un pueblo natal donde hay ausencias que marcarán el borde de tus ojos por siempre, los corazones de arena, las fotos viejas pero nuevas, el jueves de sapos, los anillos de promesas, entre tanta suma de momentos que hace hoy que nuestro tiempo juntos sea inolvidable.

Yo siempre estaré aquí, sentado en el mismo lugar, viendo fantasmas, pensando en que nunca te fuiste, sino que vives en mi interior aunque aún no pueda notarlo.

Mi mano está extendida, ¿vendrás hoy por mi?.

miércoles, 30 de junio de 2010

TE ESCRIBO...(ROMPIENDO PROMESAS)


Hola...

Espero que no te sorprenda que te escriba después de que prometí no hacerlo, pero deberás saber que si de romper promesas se trata, créeme, tengo dos maestrías. Quizá el motivo de estas líneas sea esa imperiosa necesidad que tengo de escucharme, de entenderme, de entenderme y escucharme. Porque la escritura es la única terapia que puedo pagar, porque no confío en los psicólogos y en sus estúpidos raciocinios de que la respuesta a todo vacío existencial del ser humano, se encuentra en aquella diminuta caja de pandora llamada “mente”. No señor, a otro perro con ese hueso.

O es que tal vez soy un egoísta, un vil canalla, que te utiliza para desmenuzar sus seudos problemas, para canalizar sus preocupaciones minúsculas, que no son nada que la fuerza de voluntad o un carácter insensible pueda solucionar. Pero siendo como soy, y conociéndome como me conozco, diría que para mí, soy un extraño, un desconocido, una persona que no vi jamás. Debido a ello, considero que la escritura es como un espejo, como un manantial cristalino, en el cual puedo ver a detalle cada uno de los rasgos de mi alma, de mis tantos demonios, que me acechan todo el tiempo y no me dejan descansar.

Puede ser que te este engañando y te escribo porque quiero impresionarte. Porque veo en ti la felicidad de lo desconocido. Porque prefiero refugiarme en la oscuridad de las expectativas, antes que enfrentar la realidad concreta de tu ausencia. Porque quiero sonreír sabiendo que me escuchas, que me lees, mas no que me comprendes. No necesito que me entiendas, porque eso te llevaría a formular juicios sobre mí, y siéndote sincero, hay veces en que ni yo me entiendo. Te escribo por toda esta bruma de sentimientos que tengo dentro, porque te amo, o mejor dicho, porque amo la idea de ti. De que existes, de que estás del otro lado leyendo esto pensando que estoy loco y desquiciado, y pueda que realmente tengas razón.

Porque soy como decía Benedetti: “un triste de vocación alegre”. Es decir, un gris opaco de tonos pintorescos, de sombras felices. Pero sin ti soy como un bohemio sin vino y sin guitarra, un poeta maldito, sin su pluma maldita, una canción sin ritmo y sin sazón, un amor sin caricias, sin besos, sin abrazos, en otras palabras: un amor, sin amor. Te escribo para invitarte a la galería de arte de mi vida, para que camines entre los cuadros de mi tristeza, entre los colores taciturnos de mis tribulaciones, y así puedas entender que la vida será tan buena, en la medida que generemos recuerdos bonitos para evocarla.

Por eso te escribo, porque aunque estés sola en tu habitación, acompañada por el silencio del viento, cuando ya no encuentres consuelo en el llanto, ahí estaré contigo, aunque no me puedas tocar, aunque no me puedas sentir, estaré en cada sonrisa de tus labios, en cada línea de estos versos, en las melodías de mis canciones, en los libros que leí, y así comprenderás que no me fui nunca de tus brazos y que no me iré jamás, porque hacerte feliz es lo único que sé hacer bien.

Christian David Fhon Trigoso

martes, 22 de junio de 2010

TUS RUIDOSOS SILENCIOS....


Muchos dicen que una acción, un gesto o una actitud valen más que mil palabras. Para otros sin embargo, hay palabras que por el sólo hecho de ser pronunciadas, hace que retumben en nuestro subconsciente por mucho más de lo que uno pudiera imaginar, redarguyendo, e inclusive hiriendo nuestra mente de la forma más devastadora. Frases dichas entre dientes, palabras irascibles, camufladas entre una sonrisa hipócrita o una mirada despectiva. Nos acechan todo el tiempo esperando un instante de debilidad, de extrema flaqueza, cuando la sensibilidad está al tope y el corazón a cuestas, sobresaltan sigilosas y nos rodean con su veneno, destruyéndonos sutilmente sin que podamos darnos cuenta a tiempo.

Fuera de ello, personalmente considero que más que las palabras, gestos, o actitudes que podamos decir o realizar, en algunos casos son los silencios los que pueden ser más determinantes. Las cosas que dejamos de decir, esa inmutación agresiva de los labios, la densidad implacable del aire, se desliza, baila en nuestro entorno ante la insatisfacción masiva de una necesidad sin sentido: la necesidad del sonido. Pueden tener una multiplicidad de connotaciones: orgullo, timidez, soberbia, obstinación, ternura, amor, odio, pero siempre chocan en esa pared de viento sólido, sin saber que todo en está vida, toda cuestión se reduce a una sola palabra: confianza. Nos obligan casi imperativamente a ir más allá de lo que puedan denotar las palabras, nos convierten en lectores de los actos.

Contigo aprendí desde muy pequeño, a descifrar el significado de tus silencios, sin ni siquiera cuestionar el por qué de tu reserva gélida, de tu excesiva diplomacia y tu pose displicente a cualquier muestra de cariño: un abrazo, un beso, algunas palabras de ánimo, eran para ti un idioma foráneo, ininteligible, extraño, casi insonoro. Si abrías los labios, emitías algún sonido, cierta oración, aunque no tenga sentido por completo, era una revelación divina. Pese a ello, con el tiempo, me volví un experto en la lectura de tus actitudes, movimientos o acciones. Te seguía sin que tal vez te dieras cuenta, debajo de tu escritorio, en el asiento trasero del auto, hasta algunas veces escondido en las inmediaciones de tu closet, aprendía de ti, de tus sonrisas, de tus gruñidos, de tus lágrimas, de tu lenguaje de inmutación. Mamá siempre decía que eras así porque no habías tenido papá, tal vez fue por eso que cuando apenas tenía cinco años me empeciné en darte cariño, bastaba que te viera en casa y corría hacia ti abrazándote con fuerza. Aun puedo recordar la sorpresa de tu expresión, pareciera que fue ayer cuando apenas podía alcanzar tu cintura con mis brazos. Esas sonrisas solapadas dormirán siempre en los bolsillos de ese saco marrón.

Dicen los psicólogos que para construir una base emocional sólida en nuestros hijos, debemos trabajar en su autoestima. Hacerles sentir que viven bajo ambiente equilibrado, saber que son amados por sus padres, les da la libertad de desarrollar su personalidad de manera plena, sin temor a ser ellos mismos, exploran el mundo a su manera, pues tienen confianza en sus capacidades y virtudes porque son sus padres quienes les brindan esa seguridad dentro del hogar. Mi madre muy devota a este razonamiento, y dotada siempre de aquel inherente instinto maternal que tienen las mujeres, nos adornaba con los más elocuentes elogios, cada mínimo detalle alcanzado por sus hijos, era una hazaña incomparable, pues claro, como los hijos de uno, no es ninguno. Nosotros éramos los más valientes, los más inteligentes, los más guapos, sin entender que somos tan imperfectos como cualquier persona. Hay días en que casi me persuado en creer, que la imperfección es la virtud más valiosa del ser humano. Quizá esta premisa tú la tenías bien en claro desde un inicio, es por eso que callabas, o puede ser que me encuentre errado y sea porque lo que dice mamá, porque no tuviste padre. O tal vez me vuelva a equivocar, y eres mudo porque simplemente tú eres así, o porque se te da la gana de serlo, o porqué te importa un bledo los demás qué sé yo. ¿O es que con tu silencio nos tratas de decir algo?. ¿Existe algún secreto en el viento?. ¿Qué escondes tras tú mirada?. ¿Lo sabes tú siquiera?.
Hay otros días sin embargo, en que ya no le encuentro razones.

Sea porque lo que fuere - y créeme esta vez-, no me importa. Tus razones son para mí por demás innecesarias. Sólo necesito hoy de ti, que te sientes a mi lado, y seas mi papá. Claro, deberás cumplir al extremo con todo lo que esa palabra connota. Quiero reír con tus bromas tontas, perderme en el tiempo tras una buena plática. Quiero que me cuentes tus locuras de joven, que me hables de mujeres, de la vida, de tu bohemia – si porque eso lo heredé de ti -, quiero que me hables de sexo, quiero que me hables de amor, quiero que me enseñes a pedir perdón. Quiero que me enseñes a comer helado, porque aun en mí ya tardía juventud todavía no aprendo, quiero que me hables de tu familia, pues realmente no conozco a nadie porque según tú no vale la pena tenerlos cerca. Quiero que me hables de ti, de tus errores, de tus aciertos, y de tus aun no tan aciertos.

Pues puede ser que esta secuencia de imágenes llamada vida, no sea más que un viaje ingrato, ajeno, que no conoce de sentimientos, de anhelos, ni de sueños. Que no sabe por lo que morimos y por lo que daríamos más de una de una vida de las que nos quedan. No quiero que llegue el día papá, en que vuelva a mirar las palmas de mis manos, tan arrugadas y delineadas como las tuyas, y sienta nuevamente este vuelco en el corazón, este vértigo de melancolía, que es saber que aun estás a mi lado, que dormimos en el mismo techo todos los días, pero pareciera que nunca te conocí…..
¡Felíz día Papá!...